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Mercantilismo

I

La antesala del capitalismo en Europa estuvo marcada por una corriente que  a partir de Adam Smith sería conocido como mercantilismo[1]. Aunque su hegemonía como cosmovisión comprende varios siglos y diversas etapas, su esencialidad se puede resumir en que la riqueza (de un estado) radica en tener metales preciosos (el dinero de la época). Lo que significaba tener, como estado, un balance comercial favorable.

Bajo este principio, en el que el objetivo era tener la mayor cantidad de exportaciones (X) sobre importaciones (M), las metrópolis europeas intentaban organizar sus economías. Lo que explica parte de la lógica de inserción económica con la que empezaron a funcionar las primeras colonias dentro del comercio mundial.

Siguiendo este enfoque, el que más vende es el ganador, y el que más compra, el perdedor. Dicho de otro modo: cada vez que le compramos a alguien, ese alguien gana; uno es un perdedor frente al dueño de la cafetería del barrio en la que todos los días se merienda, cuando no se le vende nada a ese dueño.

…el sistema mercantil propone incrementar la cantidad de oro y plata en cualquier país, al inclinar en su favor a la balanza comercial. 

Adam Smith, La riqueza de las naciones.

Pero no es sostenible en el tiempo la aplicación del mercantilismo como principal sostén de una economía nacional. El crecimiento poblacional, en sintonía con el de la producción y las demandas productivas de la fuerza de trabajo, condicionan el crecimiento y la mejora de las necesidades individuales de los trabajadores y sus familias. 

Financiar ese consumo de bienes con exportaciones, implica que estas tengan ritmos de crecimiento significativos y sostenidos en el tiempo. Lo cual no es siempre verosímil por factores como las limitaciones productivas[2], la diferencia entre términos de intercambio por el efecto de los precios de exportaciones e importaciones[3], además de la dependencia de mercados externos[4]. De facto, es un lujo que solo pudieron darse las grandes potencias europeas, las que, además, imponían los mercados a sus colonias.

Del mismo modo, situando el origen de la riqueza en el acto mercantil (y atomizando la producción en el hecho de vender), el mercantilismo conduce al rentismo, máxima expresión de búsqueda de la balanza comercial favorable, en cualquier ámbito. 

Igualmente, ante la amenaza de la pérdida de la condición de proveedor de determinado mercado, los portadores del mercantilismo recurren a la fuerza, y hasta a la violencia, para sostener las relaciones, como hicieron las metrópolis por siglos. Quienes usaron al mercantilismo como guía eran los mismos que defendían a toda costa su poder sobre otros pueblos, o los suyos propios[5].

Pudiera resumir que el mercantilismo es el resultado de ver el ciclo económico desde un solo lado, pensando en los beneficios más fáciles desde ese (y solo ese) único lado. Lo que conduce a una mirada de suma cero[6], desde la cual se está dispuesto a hacer al otro (al comprador) perder, para poder ganar (vender). Para Adam Smith, se trataba de una concepción con un espíritu monopólico[7].

No se trata de un acto de maldad o de psicopatía de mercado, sino del hecho (de los mercantilistas) de ser consecuente con la explicación: si la riqueza proviene de una balanza favorable, el objetivo será a toda costa, vender.

La economía moderna no tardó en rectificar estos enfoques. Después todo, comprar es dar solución a una necesidad, y tener dinero que no encuentra qué comprar, no es, si de funcionamiento económico se trata, provechoso.

II

Fue el propio capitalismo en desarrollo quien desmontó al mercantilismo como enfoque, dejó al descubierto sus limitaciones, como intento de teoría y como política. Los hechos se impusieron. La pérdida de colonias, sobre todo en América en el siglo XIX, y previamente las trece colonias, quitaba a las metrópolis su mercado seguro (una parte, sin dudas). Esa misma expansión de los mercados (producción) europea no habría sido posible sin la conquista de América)[8].

Con las producciones de las metrópolis en crecimiento y la pérdida del mercado seguro que representaban las colonias (junto a la expansión poblacional que comenzó a tener el nuevo mundo), la competencia por estos mercados sería la opción factible, además de la competencia que establecerían entre sí las propias metrópolis. La necesidad de mantener una salida a la producción nacional, sobre todo en países con alta productividad, era la base para la cultura del liberalismo económico (clásico). El paradigma del libre comercio no solo debía imponerse, sino que era inevitable en los centros del mundo.

El sistema comercial o mercantil[9] precapitalista transitó hacia el libre comercio, que no era otra cosa que la ausencia de una especie de “mercado asignado” a las metrópolis y de la obligación legal de a quién comprar y a quién vender por parte de las colonias. 

Pero la coerción y la asimetría nunca desaparecen del mercado, solo que a veces adquieren statusjurídico, y otras no. Con las nuevas reglas formales en el mercado mundial, la balanza comercial favorable en las metrópolis seguía siendo un hecho, y no era esto lo que determinaría precisamente las diferencias entre estas naciones. Así, por ejemplo, el crecimiento (acelerado) e ilimitado (sostenido en el tiempo) de las exportaciones no es condición necesaria y suficiente para que las naciones tengan cambios significativos favorables, incluso para sus élites.

El gran salto que ocurrió en Inglaterra respecto al resto de las potencias no fue precisamente por causa directa de la balanza comercial, sino por una serie de factores, tales como el aumento de la producción agrícola (antecedido por un proceso de secularización de la tierra), perfeccionamiento del comercio, cultura de emprendimiento y producción y política estatal que lo fomente (patentes que certifiquen invenciones, por ejemplo). 

Antes de inundar los mercados de las colonias, las producciones inglesas ocupaban su economía interna; la tecnología (máquinas de vapor, etc.) se iba introduciendo primero en la sociedad inglesa. La implementación de estos adelantos tecnológicos a lo interno primero, así como la optimización de la producción (fábricas e industrias, por ejemplo), fue clave en la distinción de una clara diferencia social y económica con el resto del mundo, y no precisamente la inmediatez de la exportación a América. Lo que señala que el consumo de tecnología ayuda a optimizar los movimientos humanos (transportación física, envío de información, reducción del tiempo a emplear en necesidades cotidianas, así como su simplificación), como rasgo clave para el desarrollo de una sociedad. Se trata, simplemente, del consumo (uso) de bienes de capital y de otros que optimizan la vida diaria. La aceleración de los ritmos y ciclos de la producción, tanto material como espiritual, sería la distinción entre la Inglaterra que despuntaba y el resto de las colonias y las metrópolis.

En este contexto, donde hay cierta competencia económica entre metrópolis, ahora por los mercados en América, sobre todo, sería innegable lo que había venido diciendo Adam Smith en cuanto al énfasis en ser algo así como el mejor y más completo productor (ventajas absolutas) para triunfar en el mercado internacional.

La gran multiplicación de la producción de todos los diversos oficios, derivada de la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa riqueza universal que se extiende hasta las clases más bajas del pueblo 

En un momento donde el liderazgo de Inglaterra en materia industrial se hacía notar (1776), cobra sentido la obra de Adam Smith, que apunta hacia la división social del trabajo dentro de la nación para potenciar donde existieran dichas ventajas absolutas, desde las cuáles se podría estimular a otras ramas. La superioridad de esta nación, no la obligaba a buscar en las profundidades del intercambio comercial para tener una concepción de cómo tener beneficios económicos.

En otro contexto, se hace insostenible la ventaja absoluta como modelo ( es un enfoque que arrastra el suma cero) para mercado internacional, y por ende, como vía de riqueza. La diversidad del mercado, producto de la división del trabajo internacional, que condicionaba la necesidad de diversificar las importaciones, obliga a pensar un poco menos en los costos como elemento aislado, para relativizarlos en los términos de intercambio, buscando los puntos óptimos en dichos procesos, resultado de ver la relación X M como dos variables, cuyas distintas combinaciones resultan de mayor diferentes grados de eficiencia.

Es David Ricardo quien perfecciona la idea de Adam Smith, elaborando lo que sería conocido como teoría de las ventajas comparativas (a las naciones deben buscar lo que les mejor importar que producirlo, a partir de los costos relativos). Con ella, Ricardo no apuesta por el impulso de la tan mencionada división del trabajo en los marcos de la nación para apuntalar una rama, sino por la utilización de la división internacional del trabajo como un mecanismo de optimización de los precios de compra y de venta, sin necesidad, si quiere, de llevar ventaja absoluta en alguna producción. Un enfoque que deconstruía la suma cero de las ventajas absolutas, para indicar, desde el libre cambio, la socialización de los adelantos productivos para optimizar modelos de costos.

Desde estos puntos de vista, la balanza comercial ya no es la causa de la riqueza, sino un medio para esta, ya sea para optimizar los costos de producción (al obtener insumos, bienes de capital, etc.) o los ingresos (a partir de la identificación del mercado (de bienes de consumo o de factores) más atractivo, ya sea el doméstico o el externo. El centro de gravedad pasó al ciclo productivo y sus resultados. La preocupación, ya sea en costos absolutos o relativos, estaba en la producción. Lo importante, era garantizar la producción. El propio valor de lo producido, valorizaba también lo necesario para producir. Entonces, la riqueza se comenzaba a advertir no solo en la riqueza generada, sino en aquello que permitía generarla. Las transacciones de bienes de consumo como de bienes de capital, así lo evidencian qué es lo que tiene valor económico en una sociedad, por ende, el contenido de su riqueza económica.

Luego, la riqueza de una economía termina por ser sus valores de uso, que no es otra cosa que sus bienes transables.


[1] Prólogo de Carlos Rodríguez Braun a la obra la Riqueza de las Naciones, de Adam Smith.

[2] Producir cualquier bien o servicio necesita el conocimiento para hacerlo, así como la fuerza de trabajo humana, las maquinarias, tecnologías, etc., así como materias primas. Ninguna de estas variables es ilimitada, además, todas cuestan. La finitud en tiempo y espacio de estos factores (de producción), limitan la producción.

[3] La relación entre dos monedas depende de la tasa cambio. Esta puede tener un efecto positivo o negativo sobre el valor de la producción. Así, por ejemplo, aunque el precio de las exportaciones se mantenga constante y aumente la producción, una caída de la moneda doméstica frente a una externa puede no representar una mayor fuente de ingresos, o puede representar una caída de la rentabilidad, por tanto, del poder de compra real de las importaciones.

[4] Para que un aumento de la producción logre el resultado esperado es indispensable que aumente también la demanda. Luego, un aumento de la producción para exportar no garantiza que exista la demanda para ello. Esa demanda depende de muchos factores que no controla el que produce. ¿Cómo una nación obliga a otra a comprarle, en un contexto de libre mercado?

[5] Es necesario destacar que los pensadores mercantilistas no eran todos, precisamente, defensores del proteccionismo económico. Algunos, tal y como observó Keynes, se oponían a las restricciones comerciales. http://www3.uah.es/econ/hpeweb/HPE981.html. Aunque esto solo era válido para las economías de las metrópolis, ya que la política que de facto acompañó al mercantilismo fue el intervencionismo (las colonias)

[6] Esquema para representar las relaciones humanas donde la victoria de una parte se hace corresponder con la derrota de la otra. Prisma refutado por numerosas teorías como la Teoría de los juegos, donde se habla de combinaciones y escenarios donde cooperar y negociar es solución óptima.

[7] Prólogo de Carlos Rodríguez Braun a la obra la Riqueza de las Naciones, de Adam Smith.

[8] Capítulo 24 y 25 de El Capital

[9] Forma en que denominaba comúnmente Adam Smith al mercantilismo en su obra La Riqueza de las naciones.

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